viernes, 1 de noviembre de 2013

Requiem por la muerte de un niño (Rainer Maria Rilke)


La muerte y la cultura

No estoy muy convencido de que existiría la cultura sin la muerte. De existir, sin duda sería muy diferente a lo que hemos entendido siempre. Porque la definición de civilización en su acepción más básica es la capacidad de una sociedad para poder trasmitir conocimiento de una generación a la siguiente (por lo que se puede concluir que las fallas en los sistemas educativos alrededor del mundo son problemas en la estructura misma de la civilización, a pesar de los avances tecnológicos que en realidad son actos civilizatorios al poner gran parte de la información relevante y que merece ser conservada en la red), pero esa definición se diluye ante la ausencia de la muerte, porque si fuésemos inmortales tendríamos que privilegiar el uso de la memoria individual para conservar la civilización, convirtiéndose en un acto individual y no en un acto colectivo. 
Es nuestra mortalidad la que define nuestra manera de actuar y en la negación de la muerte los que son nuestros vicios. La acumulación de riqueza es inexplicable sin un insensato y completamente desproporcionado pensamiento de que seremos inmortales, por lo que debemos acumular riqueza y poder a cualquier precio; cuando lo cierto es que la muerte diluirá nuestros esfuerzos y todo por cuanto hemos peleado desaparecerá en la inmensidad del mundo. La mortalidad implica compartir el conocimiento y la riqueza para multiplicar, al igual que la sensualidad para perpetuar nuestra información genética, conservar para que las futuras generaciones puedan disfrutar. Porque sin duda no seremos eternos. 
La propagación inaudita del egoísmo en nuestra época sería imposible si no hubiésemos tenido tanto éxito en alejar a la muerte. En otro tiempo sería la regla en todos los estratos sociales en todas las culturas que la madre estuviese en peligro de muerte con cada embarazo, que fuera extraño el hombre que superara los cuarenta años y que la enfermedad tocara a la puerta con peligro de muerte tres o cuatro veces en la vida. A nosotros las descripciones del inicio del Decameron nos parecen extrañas, e inconcebibles las grandes epidemias de peste y de cólera que azotaron con destruir las grandes ciudades del mundo hace apenas dos siglos. Es ese éxito para alejar a la muerte lo que ha empezado a generalizar la costumbre de comportarnos como inmortales porque vivimos una vida desproporcionalmente larga y en muchos momentos alejada de la muerte. 
La muerte es uno de los temas preponderantes en la cultura. Los grandes personajes mueren, se obsesionan con una pérdida o evaden a la muerte. Admiramos a los personajes que buscaron la inmortalidad o que supuestamente la alcanzaron, y es la relación con la muerte la que distingue a las auténticas religiones de otras formas de estructurar el pensamiento. Es el más grande miedo del hombre y la marca que define su actuar. No temeríamos a la novedad si nuestra vida fuera ilimitada: buscaríamos ante todas las cosas la novedad y las nuevas sensaciones (como busca la juventud que no es capaz de procesar el fenómeno de la muerte). No apoyaríamos la defensa de la salud si no tuviésemos que temer a las maneras horribles en que la enfermedad puede destruir nuestro cuerpo. No buscaríamos tener tiempo de calidad y disfrutar de lo bueno que tiene la vida si nuestro tiempo fuera ilimitado, ya que nuestras actitudes de economía se derivan directamente del hecho de que no podemos desperdiciar nuestro tiempo, ya que es la primera administración que debemos hacer y probablemente la más importante de nuestra vida.
La muerte entra en nuestra puerta, y permanece en el dintel de nuestra puerta siempre. 
Hoy les dejo este poema de Rilke, quien con cierta frecuencia trataba del tema. Difrútenlo. 

Requiem por la muerte de un niño

Qué de nombres me he grabado
y ahora, desde hace ya tanto tiempo y desde lejos
que he reconocido al perro, a la vaca, al elefante
y luego a la cebra, ay, ¿y para qué?
..... Aquel que ahora me sostiene
asciende como un nivel de agua
por encima del todo. ¿Es esto la calma,
el saber que uno existió cuando
no se abrió paso a través de objetos duros y tiernos
hasta el rostro comprensivo?

Y estas manos apenas comenzadas (1).

.... Vosotros decíais a veces: él promete...
Sí, yo prometí, pero lo que os prometí
ya no me intimida ahora.
A veces me sentaba largo rato junto a la casa
y seguía con la vista a un pájaro.
¡Oh, si se me hubiese permitido llegar a ser eso, ese mirar!
Esto me llevaba y me elevaba;
mis cejas quedaban muy arriba. No quería a nadie.
Pues querer era temor, ¿comprendes?
Entonces yo no era nosotros
y era mucho más grande que un adulto
y era
como si yo mismo fuese el peligro
y dentro de él
el núcleo.

Un pequeño núcleo; de buena gana se lo concedo al viento
y a las calles. Me deshice de él.
Porque nunca creí que estuviésemos todos sentados,
tan juntos. Mi palabra de honor.
Vosotros hablábais y reíais y sin embargo ninguno estaba
en el hablar ni en el reír. No.
Mientras todos vosotros vacilabais
no vacilaba ni el azucarero ni la copa llena de vino.
La manzana yacía. Qué bueno era a veces
tocar la manzana firme y plena,
la mesa fuerte, las silenciosas tazas del desayuno,
las buenas: cómo tranquilizaban el año todas ellas.
Y también mi juguete era bueno conmigo a veces.
Él podía ser casi tan confiable como las otras cosas;
sólo que no tan reposado.
Y así él estaba en un constante despertar,
como en medio entre mi sombrero y yo.
Ahí había un caballo de madera, ahí un gallo,
ahí estaba la muñeca con una sola pierna;
yo hice mucho por ellos.
Hice pequeño el cielo, cuando ellos lo veían,
porque eso lo entendí precozmente: cuán solo
está un caballo de madera. ¡Que uno pueda hacer esto!:
un caballo de madera de cualquier tamaño.
Se pinta y después uno lo tira
y él recibe los golpes del auténtico camino.
¿Por qué no era mentira llamar a esto "caballo"?
Porque uno mismo se sentía un poco como caballo:
se ponía melenudo, nervudo, cuadrúpedo
(¿para convertirse en hombre un día?).
¿Pero es que no era uno a la vez,
por él, un poco de madera
y no llegó a ser duro en el silencio
y no puso una cara reducida?.

Ahora casi creo que siempre nos hemos intercambiado.
Si veía el arroyo, cómo murmuraba yo entonces,
y si murmuraba el arroyo, entonces yo saltaba hacia él.
Cuando veía un sonar, yo sonaba
y cuando algo sonaba, yo mismo era su causa.

Así es como yo importuné al todo,
y ciertamente el todo estaba satisfecho sin mí
y se tornaba más triste adornado conmigo.

Ahora estoy de pronto retirado.
¿Empieza
un nuevo aprendizaje, un nuevo preguntar?
¿O debo decir ahora
cómo está todo entre vosotros? Entonces tengo miedo.
¿La casa? Nunca la comprendí del todo.
¿Los cuartos? Ay, había ahí tantas cosas.
... Tú, madre, ¿quién era realmente
el perro?
Y hasta el hecho de encontrar bayas en el bosque 
me parece ahora un hallazgo milagroso.
..........................................................................................

Sí, tienen que ser niños muertos
los que vienen a jugar conmigo. Porque siempre
morían algunos. Primero se quedaban en cama en el dormitorio
al igual que yo lo estuve y nunca llegaban a sanar.

Sano... ¡Cómo suena esto aquí! ¿Tiene algún sentido todavía?
Allí donde estoy
no hay, creo yo, nadie que esté enfermo.
Desde mi dolor de garganta pasó ya tanto tiempo.
Aquí cada uno es como un elíxir fresco.
Pero no he visto aún a los que nos han de beber .

jueves, 31 de octubre de 2013

Cantos y danzas de la muerte (Arsenio Golenishtchev-Kutuzov)

La Biblia y la música

La relación entre literatura y música es larga, compleja y enormemente rica. Inclusive, es de las pocas características de la música que se vio inalterado a principios de siglo veinte, que amplió y transformó textos que poco a poco se quedarán como las grandes referencias del arte occidental. 
Si reflexionamos un poco resultará obvio que la Biblia es la obra que más se ha musicalizado a lo largo de los siglos, y casi toda ella ha sido incluida como parte de alguna obra. Resultará obvio que los Salmos es la obra que tiene mayor vocación para ser interpretada por instrumentos y a lo largo de los siglos ha sido cantada, pero muchos compositores se han dedicado a continuar la tradición: Mendelssohn musicalizó el Salmo 42, Gregorio Allegri el 51, Bach el 84, Schubert el 92, Stravisnky el 150 y Vivaldi el 110. Dejando a un lado El Mesías, que recoge pasajes de muchos libros, el resto de las obras musicalizadas e inspiradas de la Biblia lo hacen de uno o unos pocos libros.
Desde la tradición de las Lamentaciones de Jeremías musicalizadas por Haydn, Krenek y Tallis, llenas de tristeza y de ira contra la injusticia del mundo, hasta el tono triunfalista del Judas Macabeo de Haendel, ha sabido adaptarse a los distintos tiempos y usos de composición para trasmitir su mensaje, a veces con demasiados ornamentos pero otras de manera muy clara y cruda. Podemos recordar la tradición de las pasiones, que se extiende desde las de Bach y Haendel hasta las de Pärt y Penderecki, o el Oratorio de Navidad de Bach, la ópera El Niño de John Coolidge Adams, el Moisés y Aarón de Schöenberg, el Nabucco de Verdi y la Quinta Sinfonía de Glass. Todas estas obras y muchas más que vale la pena escuchar nos recuerdan el peso de la Biblia en nuestra cultura, que nos define y nos recuerda los motivos por los cuáles entendemos los más altos ideales y el amor al prójimo; un espejo del cual no podemos desprendernos.  
El post de hoy no está muy relacionado con el texto, pero esas cosas suelen pasar. El texto de hoy es también la musicalización de un texto poético que trata sobre la muerte. Algo que decir sobre Kutuzov: descendiente del general Kutuzov, comandante de la Armada Rusa contra la invasión napoleónica mencionado en Guerra y Paz (obra de la cual Profokiev hizo su más grande ópera), fue cercano colaborador de Modest Mussorgski y una figura influyente en la cultura rusa de finales del siglo XIX y principios del siglo veinte. Su literatura está influenciada por el budismo y un sentido místico, aunque tendrá poemas dedicados a las drogas y a la muerte en la tradición de los poemas malditos. Su obra fue prohibida durante la etapa soviética y en la actualidad es raro encontrar ediciones de sus obras. Estos poemas se conservan porque fueron la base del oratorio homónimo de Mussorgski.
Disfruten de todas las obras del día de hoy. 


Cantos y Danzas de la Muerte

1. CANCIÓN DE CUNA 
El niño llora...
La trémula vela se extingue lánguidamente.
Toda la noche, meciendo la cuna,
la madre permanece despierta.

Muy temprano, antes del alba,
la muerte compasiva llama a la puerta.
La madre, sobresaltada, mira inquieta.

"¡No temas, amiga mía!
Mira, la pálida aurora
comienza a asomar por tu ventana.
Estás cansada de tanto llorar, sufrir y amar.
Duerme un poco que yo velaré por ti.
No has podido calmar al niño,
yo le cantaré con más dulzura que tú."

"¡Calla! Mira como mi niño se agita y llora.
¡Se me parte el alma!"

"El niño se dormirá pronto entre mis brazos.
¡Duérmete, niño, duerme!"

"Sus mejillas palidecen y su respiración se entrecorta...
Te lo ruego, ¡apiádate de mí!"

"Es buena señal, ya está sufriendo menos.
¡Duérmete, niño, duerme!"

"¡Aléjate, muerte maldita!
Tus caricias me roban a al niño."

"No, el niño goza de un sueño apacible.
¡Duérmete, niño, duerme!"

"¡Espera, detén un momento
tu horrible canción.!"

"Mira, mi canción ha hecho que se duerma.
¡Duérmete, niño, duerme!"


SERENATA 
Noche mágica y dulce, envuelta en luces azuladas.
Fragancias primaverales surcan el aire.
La enferma asoma su cabeza por la ventana
y escucha el silencio nocturno.

El sueño no llega a sus ojos brillantes y febriles,
la vida reclama su dicha.
Pero bajo su ventana, en medio del silencio,
la muerte le canta una extraña serenata.

"Doncella cautiva y doliente,
ya pasaron belleza y juventud.
Yo seré tu paladín, aunque no me conozcas.
Te liberaré con mi poder mágico.
Ven, hermosa, mírate.
Contempla tus mejillas sonrosadas, tus labios rojos,
hermoso tu semblante, dorado y sedoso tu cabello,
delicado tu talle.
Resplandecen tus ojos, celestes y tiernos,
tan brillantes como las estrellas del cielo.
Tu aliento es cálido como la brisa del mediodía.
¡Ah, me has hechizado, amor mío!
Mi serenata también te ha cautivado.
Tus susurros me llaman a tu lado.
Tu caballero obedece y te trae el don supremo:
¡Ha llegado la hora de tu éxtasis!
Tu cuerpo frágil y tus besos, me arrebatan.
Déjame arroparte con mis fuertes brazos.
Escucha mi canción de amor...
No te muevas... ¡Ya eres mía!"


3.TREPAK 
Reina el silencio, los bosques están desiertos.
Tormentas de nieve gimen y aúllan.
Parece como si, a lo lejos, en la noche oscura,
pasara un cortejo fúnebre.

¡Sí! ¡Allí! En medio de la oscuridad
la muerte ha atrapado a un pobre campesino.
Lo invita a bailar el Trepak
y le canta al oído:

"¡Oh, pobre campesino,
que caminas borracho y sin rumbo!
La ventisca te ha arrastrado,
te ha arrojado hasta el bosque sombrío.
Pena, miseria y pobreza te rodean.
Recuéstate, descansa y duerme, amigo mío.
Te arropo con una blanca manta de nieve cálida
y dejo que los copos bailen a tu alrededor.
¡Prepárale la cama, doncella de las nieves!
¡Vamos, canta, canta, tempestad!
Cántale una nana que dure hasta el amanecer
y meza el sueño del pobre diablo.
¡Eh! Bosques, cielos y nubes,
noche, vientos y copos de nieve,
tejedle un sudario blanco y sedoso,
que cobije al anciano como si fuera un niño...
Duerme feliz, mi querido amigo,
que ya ha llegado el verano.
El sol ríe sobre los campos y se agitan las guadañas.
Ya resuenan las canciones, revolotean las palomas..."


4. EL MARISCAL DE CAMPO 
La batalla brama, las armas destellan
y los cañones rugen como bestias hambrientas.
Vuelan los escuadrones de caballos al galope.
La tierra se tiñe de ríos de sangre.
El luminoso mediodía contempla la matanza
y al llegar el ocaso, la lucha continúa.
Las últimas luces se desvanecen, pero, implacables,
los enemigos luchan con más saña.
Cae la noche sobre el campo de batalla.
Las tropas se dispersan en medio de la oscuridad.
El silencio se quiebra por los gritos de los heridos 
que se alzan hacia el cielo.
Iluminado por la luna,
cabalga un guerrero pálido 
y de huesos temblorosos:
es la muerte.
Escucha con deleite, en medio de la noche,
los quejidos atroces de los heridos,
recorriendo, cual orgulloso mariscal, 
el campo de batalla.
Sube a una colina
y observa sonriente a su alrededor.
Sobre el escenario de la matanza 
resuena clara y poderosa su voz:

"¡Dejad de luchar! ¡La victoria es mía!
Que todo guerrero deponga sus armas ante mí.
La vida os enfrentó y la muerte os reconciliará.
¡Levantaos, acudid a la llamada de la muerte!
¡A formar! ¡El desfile va a dar comienzo!
Pasaré revista a mis tropas antes del amanecer.
¡Soldados, la tierra acogerá vuestros huesos!
¡Qué dulce es el sueño después de la batalla!
Poco a poco pasarán los años 
y los hombres olvidarán que hoy habéis luchado.
Sólo yo, la muerte, recordaré vuestro valor.
A medianoche, honraré vuestra memoria 
con una siniestra danza y, a la luz de la luna, 
hollaré la tierra donde yacéis, pisando con tal fuerza,
que vuestros huesos jamás se moverán
y así nunca podréis alzaros"